Barça o la historia del equipo que no merecía ganar

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Cuenta la leyenda que Alfredo Di Stéfano era un tipo de pocas palabras. Quienes vivimos como espectadores su papel como comentarista en el Mundial de Italia de 1990 tuvimos una buena muestra de ello. Sin embargo, esa parquedad, que en ocasiones solía venir acompañada de obviedades, no era impedimento para que el argentino diera en el clavo con algunas de sus frases. Una de ellas, a medio camino entre la perogrullada y la brillantez, decía que “los goles no se merecen, se consiguen”.

El logro del gol es el que acaba por determinar la suerte en este deporte llamado fútbol. Lo sabía Di Stéfano y lo firmaba Johan Cruyff cada vez que explicaba su peculiar visión del juego: “Es todo muy sencillo: si marcas uno más que tu oponente, ganas”.

El Barça no puede quejarse

El buenismo se ha apoderado de tal manera del barcelonismo, acostumbrado como está precisamente desde el regreso de Cruyff al club a los buenos resultados, que es incapaz de reaccionar ante hechos como el ocurrido hoy en el Benito Villamarín. La mayoría de las voces y de la opinión publicada prefiere centrarse en el infumable partido del Barça en Sevilla antes que denunciar un error más propio de Rompetechos que de un señor que se gana la vida corriendo la banda armado con un banderín.

El fenómeno no es nuevo. Cuando en la última jornada de la lamentable temporada del Tata Martino al frente del equipo Mateu Lahoz anuló un gol a Messi que pudo haber supuesto el título de Liga, la reacción del Camp Nou fue aplaudir a los de Simeone tras el partido y dejar que el tiempo se llevara el error. El pasado año, en otro lamentable partido de los de Luis Enrique, el Barça quedaba eliminado después de que el árbitro Rizzoli sacara fuera del área unas clamorosas manos de Gabi en el minuto 90 que podrían haber llevado la eliminatoria a la prórroga. La respuesta, idéntica a la de hoy: el Barça no mereció pasar y era de equipos pequeños quejarse.

El ojo de halcón es cool

Tras lo de hoy en el Villamarín, lo políticamente correcto es centrarse en el debate sobre la implementación del ojo de halcón en la Liga por una jugada de una claridad meridiana donde además hubo una doble infracción: un penalti clamoroso a Neymar y un balón que traspasó la línea de gol no menos de medio metro. Y desde el buenismo azulgrana, lo que se lleva es no celebrar los goles porque “no merecieron ganar”. Fantástico.

Los goles no se merecen, se consiguen”. Hoy el Barça jugó mal, rematada e insultantemente mal tirando por la borda los síntomas de  lo que parecía una incipiente resurrección. Es más, solo hizo amago de aparición en el estadio cuando se vio por debajo en el marcador. Pero marcó dos goles –uno más que el contrario–, el segundo de los cuales no subió al luminoso por arte de birlibirloque y de la forma más soez que uno recuerda.

Pero ya saben, unas veces te dan y otras te quitan, el Barça no tiene derecho a quejarse y los niños vienen de París. Benvinguts al món real.

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