Rafa, tráete a Federer a Barcelona

Después de que Rafa Nadal y Roger Federer volvieran a verse las caras en Miami por 37ª vez (23ª en una final), poco hay que añadir. Es (en presente, que nadie vuelva a cometer el error de jubilarlos) una rivalidad deliciosa. Inolvidable. Difícilmente superable.

Se admiran. Se respetan. Se vuelven mejores cuando se ven a uno y otro lado de la red. Y han protagonizado intercambios de tres, cuatro y cinco horas que nos han clavado al sofá como los mejores ataques en una etapa de montaña del Tour.

El único problema ha sido ese. Que nos hemos tenido que conformar con verles por la tele. Porque casi siempre han jugado bien lejos. Ocho veces en Estados Unidos. Cuatro en tierras australianas. Tres en Asia. Y de las 22 veces que lo han hecho en Europa, solo tres en Madrid. Nunca en Barcelona.

Por eso habría que pedirle a Rafa, a 20 días de que arranque un nuevo Conde de Godó, que le diga a su amigo Roger que venga un año a jugar a Barcelona. El suizo, lo dijo ayer, no lo pondría fácil. Lo suyo es la hierba. Pero el mallorquín podría decirle que un torneo de 65 años de historia, por cuya final han pasado Borg, Lendl o Wilander, se merecería un último partido como el que disputaron en Miami, en Roma, en Wimbledon o en Australia. Que los aficionados que tanto vibran a través de la pantalla pagarían lo que fuera por verlos de cerca danzar sobre la tierra batida. Y que muchos nadalistas, incluso, estarían dispuestos a aceptar una derrota del balear si la batalla genera los quilates habituales. La ocasión lo merecería. Y apuesto a que nadie olvidaría lo vivido.

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