13 + diecisiete =

cinco × 1 =

bikila10a

Hoy en día es habitual compartir asfalto con corredores que no usan calzado deportivo. El denominado barefoot está de moda. La gente presume de las durezas que aparecen en la planta de sus pies. “Al principio es un sufrimiento, luego ya te acostumbras” te cuentan mientras se retiran la última costra.

En los Juegos Olímpicos de Roma de 1960 un atleta etíope entró en la historia por la suma de dos casualidades.

Abebe Bikila, nacido en Mout, Etiopía, empezó a correr a los 17 años, pero fue el entrenador sueco Onni Niskanen, su descubridor, quien le enseñó a correr. En 1960 la leyenda dice que una lesión en un tobillo durante un partido de fútbol de Wani Bitaru, el mejor corredor etíope entonces, permitió que Bikila participara, a pesar de no haber sido seleccionado para representar a su país, en los Juegos junto a hermano Albalonga Bikila. [Gracias al trabajo de investigación de Miguel Llansó, se puede afirmar que una semana antes de ir a Roma, el buyunyi, una terrible enfermedad infecciosa, afectó a Biratu y lo dejó fuera de lo que era su sueño. Al parecer durante los entrenamientos previos a la disputa de los Juegos, Bekele había logrado batir el récord olímpico de Zatopek y había sido seleccionado como integrante del equipo de maratón relegando a Bitaru a las pruebas de 5.000, 10.000 metros y cross, como podéis leer en este magnífico artículo de Oscar Fernández Villar sobre Wani Biratu].

Adidas fue la marca escogida por los atletas, aspirantes a los metales, para disputar la prueba pero Bikila no encontró ningún par que se ajustara a sus enormes pies. Se estuvo entrenando calzado los días previos pero no conseguía sentirse cómodo. Así que optó por correr descalzo como habitualmente entrenaba en su país.

Durante la carrera Bikila debía estar atento al dorsal 26, el marroquí Radhi Ben Abdesselam, según indicaciones de su entrenador, ya que era uno de los máximos aspirantes al oro. En el kilómetro 20, Bikila y un corredor con el dorsal 185, corrían ya en solitario. Nadie podía mantener el ritmo impuesto por el atleta descalzo y su acompañante. “¿Dónde andará el dorsal 26?” debió pensar Bikila sin saber que el corredor marroquí era su acompañante. Había intercambiado su dorsal para confundir a sus rivales.

El momento definitivo de la carrera fue durante el kilómetro 41, apenas a kilómetro y medio de meta, cuando Bikila pasó frente al obelisco de Axum, que fuera robado a su país en 1937 por el ejército italiano durante la Segunda Guerra ítalo-abisinia. Bikila, miembro de la Guardia Imperial de Haile Selassie, Emperador de Etiopía durante aquel periodo, aceleró con todas sus fuerzas dejando atrás a Ben Abdesselam. Llegó en solitario a meta, bajo el Arco de Constantino, con un tiempo de 2 horas 15 minutos 16 segundos, nuevo récord mundial. Veinticinco segundos por delante de su gran rival durante toda la carrera.

Bikila no se detuvo en el arco y continuo corriendo hasta llegar a la columna de Trajano para vengar, simbólicamente, a su pueblo, sometido casi cuarenta años por Italia, veinte bajo el régimen de Benito Mussolini.

“Quería que el mundo supiera que mi país, Etiopía, ha ganado siempre con determinación y heroísmo”, afirmó Bikila tras la victoria. Los italianos como venganza hicieron sonar el himno local, durante la entrega de medallas, en vez del de Etiopía.

A Bikila su momento de gloria le llegó al aterrizar en el aeropuerto en su país donde más de 500.000 personas le esperaban. Un camión le trasladó al palacio imperial de Addis Adeba mientras él saludaba a sus compatriotas en el momento en que el deporte les devolvió todo lo que se llevó la guerra.

Había escrito una de las páginas más gloriosas del deporte olímpico pero no fue la única. En los siguientes Juegos disputados en Tokio en 1964 volvió a colgarse el oro superando nuevamente su propio récord mundial. Bikila se presentó a la cita cinco semanas después de ser operado de apendicitis. El momento inolvidable fue, tras vencer, ver como esperaba a sus rivales realizando una rutina de estiramientos.

Bikila sufrió un accidente automovilístico en 1969. “Los hombres de éxito conocen la tragedia. Fue la voluntad de Dios que ganase en los Juegos Olímpicos, y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz”.

El corredor africano, fallecido en 1973, marcó el camino a seguir para las futuras generaciones de corredores del continente negro, hoy en día, los grandes dominadores de la larga distancia con Kenia y Etiopía en la cabeza.