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Partió Cesc Fàbregas con su melena juvenil a Highbury dejando atrás al club de su vida. Total, el Barcelona arrancaba aquella temporada 2003-04 luchando por la Copa de la UEFA y en Londres, en cambio, el Arsenal engrasaba la maquinaria del que, a la postre, sería el primer campeón invicto de la Premier League. Inicialmente contratado para las categorías inferiores, en poco más de un año ya se había enroscado en el centro del campo gunner, en una operación de trazo grueso auspiciada por Wenger y recibida con recelo por algunos pesos pesados del vestuario. La presión no le afectó. Tan descarada fue su irrupción en el primer equipo como progresiva su capitalización de goles, asistencias y galones.

Se fue desangrando aquel conjunto de leyenda con la marcha de jugadores como Vieira, Ashley Cole o el ídolo Thierry Henry. Pero Cesc seguía a lo suyo: saltando a la pista de baile como Tony Manero en Saturday Night Fever, mientras el resto de sus compañeros sufrían cada vez más para interpretar la coreografía. Convertido el de Arenys en un ‘cesc symbol’ desacomplejado ante la afeada desgracia gunner, el Barça no dudó en tirarle los trastos en 2011. Ocho años después de iniciar su aventura inglesa, Cesc se abrazaba de nuevo a su amor platónico, un club que nada tenía que ver con el que dejó en 2003. Todo lo contrario, aterrizaba ahora en el mejor Barça de la historia.

Han pasado tres temporadas desde que llegó y el balance del ‘4’ azulgrana es tan desconcertante como difícil de sintetizar. Siendo justos, Cesc ha dejado en todo este tiempo conexiones de vértigo con Messi, su mejor socio. También buenos arranques de temporada y notables interpretaciones del juego cuando el Barça ha sido menos Barça. Pero no menos cierto es que en estático, en el idílico hábitat en el que este equipo asombró al mundo, ya sea de interior o como falso nueve, Cesc ha exhibido una versión totalmente plana, desbravando en ocasiones el ritmo del encuentro y convirtiendo la falta de fluidez en un reflejo de sus limitaciones. Las comparaciones con Xavi e Iniesta también han acentuado sus carencias. Ni posee el poder de asociación del primero, ni el desequilibrio del segundo, ni la rapidez de movimientos de ambos.

Cesc sigue preso del miedo que siente por defraudar al club que pudo parecer le rescataba de la mediocridad; pero que en realidad le fichó para sublimar una máquina de juego perfecta. Puede que en este matiz, el de la exigencia de mejorar lo inmejorable, radique el porqué de su rol y ascendente en la plantilla. Porque su rendimiento no puede ser falseado con la eterna excusa de ser un problema táctico. Tampoco con la estadística, rica en asistencias y goles. A Cesc hay que medirle por cómo se resiente el juego del Barça con su presencia. Ni más ni menos. Le dieron la oportunidad de pertenecer a una joya futbolística y Cesc sigue mirándosela, no fuera a romperla si la toca demasiado. No fuera a hacerla suya. ‘Perdón por molestar, ¿eh?‘, sugiere su mirada cuando es sustituido en el Camp Nou.

Cesc, que remó contracorriente para honrar la decadencia del Arsenal, se ha acabado contagiando de la debacle deportiva que vive el Barcelona. Pero esta vez no ha demostrado el más mínimo interés en querer rebelarse contra este destino. Si el éxito de un futbolista depende, en buena medida, de la coyuntura, Cesc lo tuvo más fácil que en Inglaterra para demostrar que podía aportar este intangible tan valioso llamado liderazgo. Más maduro, más experimentado, también sus cualidades debían explotar en un combinado que rezumaba generosidad, tensión y ocasiones de gol a raudales.

¿Por qué aquel empuje que imprimía en la Premier se han convertido en broncas permanentes con rivales y colegiados? ¿Dónde quedan aquellos disparos sin titubear desde la frontal? ¿A qué se debe la irritante falta de riesgo a la hora de buscar la superioridad en el centro del campo? ¿Y la tensión competitiva que irradiaba su brazalete en el Emirates? Con sus auriculares a la última, a Cesc le queda el consuelo de escuchar lo que quiere. Y eliminar el ruido de quienes piensan que, tal vez, no es el jugador que el Barça esperaba que fuera. La sensación, sin embargo, es que ni siquiera se ha atrevido a intentarlo.

Roger Xuriach es periodista de la revista Panenka.