3 + 20 =

5 × 4 =

 

La agarra en el centro del campo. Hoy es el día, ese es el momento. El 10 en su espalda, enganchado a ella, la única forma de poder seguir su movimiento. Lanza una mirada al horizonte, oteando los rivales: hoy son cuatro. Perfecto. Conduce el balón como si no tuviese la necesidad de hacerlo, ya que éste, esquivo, resbaladizo e inoportunamente aleatorio en pies de los demás, se vuelve dócil cuando se posa en los suyos. Quiere ser acariciado por su empeine, mecido por el hábil jugueteo de pies del que lo lleva, anhela ser golpeado con el cariño y la precisión del que sabe cómo tratarlo, en qué punto exacto impactarlo, para enviarlo a visitar a las redes, viejas conocidas.

El 10, ajeno a los pensamientos de su apéndice, centra la mirada en el primer defensor que se abalanza sobre él. En los ojos de su contrario se reflejan el agotamiento y la frustración, producto de conocer con anticipo el resultado del duelo, una predicción basada en la experiencia. Como su propio rival esperaba, se zafa de él con facilidad, una leve finta con el cuerpo hacia el interior para salir luego al exterior, tan sencillo como efectivo, tan simple como devastador para la confianza de alguien que, a pesar de jugar al mismo deporte durante años, sabe que nunca podrá repetir lo que acaba de ver.

El segundo defensa no pone más oposición que su compañero, ni tampoco más moral en vencer el choque. Una vez dejado atrás, se gira para contemplar el avance impasible del delantero. Quedan dos jugadores más en su camino, pero niega con la cabeza mientras piensa que correrán su misma suerte. En efecto, el siguiente rival en el camino, pese a lanzarse al suelo y emular a sus ídolos con un fantástico tackling, sólo llega a desviar unos centímetros el balón, de súbito despertado de su plácido sueño, indignado con que alguien se haya atrevido a romper su comunión. El último defensa, aliado con su compañero, va al pasto décimas de segundo después, aunque es superado hábilmente y sólo puede rozar el eco que produce el balón al pasar por su lado.

Sólo queda un obstáculo final para marcar su gol. Este, sin embargo, no es pequeño. El portero tiene en sus ojos la resolución que sólo puede tener aquel demasiado harto ya de sacar balones de su portería, una determinación firme y absoluta: esa pelota no puede tocar la red, esa jugada no debe acabar en gol. Sale del área chica y agota el ángulo de tiro del 10, aguantando de pie como los grandes. El menudo delantero sabe que entra escorado al área igual que es consciente de que era la única manera si quería librarse de los dos defensas que unieron sus fuerzas en vano. Le da igual. Es más: lo prefiere así. Cuanto más difícil, mejor. Él lo haría así. De ese modo, cuando los metros que lo separan del portero dejan de contarse en plural, amaga el tiro con su zurda de oro hacia el palo largo.

El portero, guiado por los reflejos, hace un imperceptible movimiento hacia el balón, que trata de rectificar al instante, sabedor de que el ángulo es imposible para intentar un disparo así. Sin embargo, esa centésima es suficiente para el 10, que arrastra el balón con el interior de su bota hacia la línea de fondo, sentando al portero. El ángulo seguía siendo ínfimo, pero existía. A escasos centímetros de la línea de cal, la toca con el interior de su pierna derecha y la ve marchar, visión que le causa un pequeño pinchazo en el corazón. El balón esquiva con éxito el primer palo y se dirige, con pequeños botes, hacia el segundo. Él está parado más allá del final del campo, consciente de que ya no puede hacer nada más que esperar. Cuando parece que finalmente hará realidad su gol, el esférico, en contra de su voluntad, golpea la base del palo, juguetea unos instantes con la línea de gol y es cogido por las manos del portero, que se felicita por haber evitado, tal como se había prometido, ese gol. El 10 se lleva las manos a la cabeza, sabiendo que nunca se había quedado tan cerca como en ese instante. La decepción dura lo mismo que uno de sus regates y vuelve a correr detrás del balón con ansia desmedida, contando los segundos para volver a respirar.

Vuelve a casa en el coche del padre de su mejor amigo. Los dos tratan de comentar con él el partido, lo felicitan por los seis goles que ha conseguido, lo elogian por las otras cuatro asistencias que ha dado, incluida una a su amigo, poco acostumbrado a celebrar goles propios. Él, sin embargo, sólo piensa en que quedan siete días más para volver a intentarlo. Tras despedirse de ellos y agradecerles el viaje, abre la puerta del piso y se dirige a la cocina, súbitamente hambriento. En él, encuentra una nota con la inconfundible letra de su madre. “Llegaré tarde, pero tienes tu plato favorito preparado en el microondas. Mamá”. No logra entender por qué su madre firma siempre las notas, si viven ellos dos solos. Calienta la comida en el plato del 10, bebe agua bien fría en una taza firmada por él y se distrae mientras el temporizador sigue su curso con una foto de él con su ídolo, una instantánea del día más feliz de su vida, una imagen copiada y colgada en cada habitación de la casa.

Come lo justo para quitarse algo el hambre. No logra concentrarse. Hoy hay partido. Su mirada está fija en el reloj de la cocina, tanto que el plástico se ruboriza. Cuando llega la hora, se dirige al comedor y se sienta en el sofá. Tiene el plato encima de las piernas, pero sabe que eso es mala idea y lo deja sobre la mesa. Salen los jugadores y él se pone de pie. La cámara lo enfoca y ve en sus ojos la misma chispa que cualquiera hubiera podido ver en los suyos apenas unas horas atrás. El árbitro pita y él deja de contener la respiración. Cuando él la coge, tiene una fiel réplica en el salón de un pequeño piso de Barcelona. Cada movimiento es imitado, incluso predicho. Amaga, finta, gambetea, dentro-fuera, esquiva rivales que su imaginación proyecta. Dispara cuando él lo hace, incluso se siente tentado de ir al suelo cuando él recibe una falta. Le duelen las patadas que recibe y le falta el oxígeno cuando presiona. Y, como no podía ser de otra manera, cumple su ineludible cita con el gol. Levanta los brazos como él hacia el cielo, aunque no sepa lo que significa, sonríe y abraza compañeros que no existen. En su mente circula la idea de llegar a jugar con él algún día, un sueño imposible por la edad que los separa, y esa imagen representa para él lo mismo que la gasolina para un vehículo.

Cuando acaba el partido, saluda a su madre, que lleva más de media hora viéndolo. Escarmentada, sabe que no debe interrumpir su liturgia. Le da dos besos, le pregunta cuántos goles ha marcado, aunque él sólo le habla del que ha fallado y de lo cerca que se ha quedado de él. Ella le revuelve el pelo y le anima a acabar su plato, mandato que cumple con resignación el pequeño 10. Mientras come, revive la jugada en su mente. Los defensas no tienen cara, tampoco el portero. La jugada, sin embargo, es la misma, si hacemos una leve  excepción con el modo de terminar de ésta. Se alienta al recordar que mañana sólo quedarán seis días para volverlo a intentar, razón por la cual al acabar su ración se despide de su madre, que sigue trabajando en frente del ordenador, y se va temprano a dormir para acelerar plazos.

Sólo seis días para que sea el día.