cuatro × 1 =

cuatro × cinco =

Dicen que el Camp Nou es, desde hace unos cuantos años, el jardín particular de Leo Messi. Él jamás se ha pronunciado en ese sentido, pero atendiendo al modo en que quienes se enfrentan al argentino en el estadio barcelonista, podríamos convenir que lo es. Messi es el amo de la cancha, del campo, del verde. Y de la pelota. Es el indiscutible rey de un deporte acostumbrado a señalar tantos ‘mejores del mundo’ como ‘partidos del siglo’; el único que comienza a despertar unanimidad incluso en quienes visten o sienten otros colores.

Tardó Messi apenas tres minutos en marcar territorio ante el Chelsea, y un cuarto de hora más en robarle la cartera a un desdibujado Cesc Fàbregas para poner en bandeja el segundo gol a Dembélé. Y cuando más parecía achuchar el equipo de Antonio Conte, decidió la eliminatoria con su segundo tanto particular. Un regalo para su tercer hijo, como los que hiciera en su día a los dos hermanos de Ciro.

Pero más allá de su eficacia ante puerta, ver al 10 del Barça caminar, trotar o esprintar sobre el Camp Nou es suficiente para percibir el dominio que ejerce sobre el juego. Los partidos son como Messi quiere que sean. Ernesto Valverde lo sabe y ha tenido la visión y la capacidad suficientes para armar un equipo que permite al rosarino brillar. Ya no está solo ni se le exige que palíe las carencias de juego colectivo como ocurrió en tiempos de Martino o durante la última temporada de Luis Enrique. El entrenador ha tejido con punto firme la solidez defensiva del Barça y son contadas las ocasiones en que el once azulgrana se deshilacha. Muy contadas. Puede el rival tensar los puntos, pero la trama y la urdimbre del esquema culé resiste.

Sobre ese tejido recio, fuerte y apretado, el Barcelona juega junto, trabaja duro y no muestra fisuras ni indicios de descomposición. Es un equipo competitivo al que, por ponerle un pero, quizás le falte un punto de velocidad a la hora de mover el balón. Seguramente no juega de forma tan brillante como el Manchester City, tan fiable como el Bayern de Múnich o tan seguro de sí mismo como el Real Madrid, pero tiene a Messi y debe aprovecharlo porque no hay nadie como él.

Ya nadie –aunque los hubo– le echa la culpa de nada. Ya nadie –aunque los hubo– se pregunta alarmado qué le pasa a Leo Messi. Nadie osa siquiera pensar en una posible venta, que también los hubo. Por contra, sí hay quienes nos preguntamos qué ocurrirá cuando la edad haga que la Pulga decida colgar las botas o despedirse en Newell’s y nos deje huérfanos de esa magia con la que nos ha enganchado desde hace más de una década a domicilio y en el Camp Nou. En el jardín de Messi.