ocho − 6 =

3 + once =

Mientras desciendo las escaleras de la grada del Estadio Jalisco, con mi hijo al lado, identifico rápidamente a “El chato Evaríz”, con sus ademanes de carnicero y matarife, bromeando con “El Rasposa” (conocido como El tapón de alberca por su reducida estatura) sobre el hecho que un espectador gigantesco se ha sentado frente a él tapándole el campo de visión.

Pinche suertudo… – se ríe gesticulando.

Los cuatro compadres han llegado al estadio de las Chivas de Guadalajara después de 45 kilómetros -y algunas botellas vacías de “Carta Blanca”- en el Duster naranja modelo 76 de El Pera para presenciar el partido de ida de la finalísima entre Las Chivas y el América. Como todos los grandes partidos en México, se disputaba un domingo a mediodía, horario ideal para que se pudiera asistir a misa y, al término de los 90 minutos, se pudiera beber como Dios manda con la familia y con la conciencia tan limpia como el alcohol y el marcador te permitiera.

Los 63.163 espectadores iban a ser un buen test para valorar el funcionamiento del estadio tapatío como sede oficial de la Copa del Mundo del futuro 1986. Aquel mítico mundial de la Mano de Dios y del Gol del Siglo que coronó a Maradona como icono eterno.

A mí el fútbol dejó de interesarme tras la muerte de mi padre, pocos meses antes de aquel Mundial que él tanto ansiaba ver. Yo tenía 13 años y un corazón hinchado y silencioso, cargado con Mar Castro chiquitibombeando sin control mis hormonas. En algún momento de mi niñez, sin embargo, fui seguidor del Atlante de Evanivaldo Castro SilvaCabinho” que consiguió anotar 102 goles y ganar tres títulos de goleo con los Potros de Hierro. Era Cabinho tan portentoso como feo, y tan letal en el área con la camiseta azulgrana como afable era su sonrisa dentro y fuera de la cancha.

Mi padre, en cambio, le iba a las Chivas de Guadalajara, equipo en el que como hincha proyectaba su anhelo frustrado de futbolista profesional. Nunca dejó de jugar, como tampoco de recordar que 20 años atrás, se había liado a chingadazos con el Vasco Aguirre en un pedregal rodeado de Buicks abandonados en Ciudad Granja.

Tal vez por eso la mirada le brillaba con intensidad cuando veía a Javier (su viejo rival) vestido de corto, calentar sobre el terreno de juego, dispuesto a enfrentarse a sus Chivas con la camiseta del eterno enemigo. ¡Qué diferente habría sido la historia si cuando se agarraron a patadas le hubiese madreado de a de veras! Tal vez entonces las cosas hubiesen cambiado y quien acumulase campos de tierra y las penas (más que alegrías) de los Cañeros de Tala en sus botas sería otro.

Y presiento que mi hijo ha tenido el mismo sueño que yo y que, como en un juego de muñecas rusas, él desde su 2038 ha pedido hacer las paces con el adulto que yo era en 2013, de la misma forma que yo he necesitado abrir la puerta del infierno de estar cara a cara entre adultos con aquel hincha de las Chivas cuya risa de lengua palatina hemos heredado sus descendientes. El viaje dentro del viaje. El sueño dentro del sueño. La pesadilla dentro de la pesadilla. El caramelo para cualquier psicoanalista freudiano. Mi hijo viene del futuro a que vayamos al pasado para madrear a mi padre o para emborracharnos los tres brindando por nuestro ADN, las mujeres y la vida. Tal vez para reconciliarme con el fútbol.

Mi hijo, convertido en un adulto de sonrisa fácil y franca, sigue a mi lado y parece entender mis pensamientos y recuerdos como si pudiera leerme la mente. Me siento feliz sintiendo su presencia física junto a mí y la proximidad inverosímil de mi padre a escasos pasos de nosotros, rodeado de sus compadres. Allí está, absorto en el césped, siguiendo las progresiones del pinche Javier Aguirre, ajeno a que en ese 7 de Junio de 1984, frente a él su hijo y su nieto han atravesado un infierno de espacio y tiempo para verle en un escenario en el que se sentía eufórico, ilusionado. Tal vez el tribunal ideal en el que saldar cuentas o enterrarlas definitivamente.

Diluvia, y el América se pone al frente con goles de Carlos Hermosillo al minuto 9 y Mario Trejo al 63; el Guadalajara remonta la desventaja y consigue el empate a dos tantos por conducto de Eduardo De la Torre al 79 y Néstor De la Torre al 82.

El partido de vuelta de aquella final, jugado en el estadio Azteca el 10 de junio de 1984, se ha convertido en uno de los partidos jugados en México nombrados Patrimonio Deportivo Histórico del Mundo. Son partidos legendarios como el México vs. Brasil de la Final de la Copa de Oro 2003; el Brasil vs. Italia de la Final de la Copa del Mundo de México 1970; El mítico Argentina vs. Alemania, de la Final de la Copa del Mundo México 1986; El Italia vs. Alemania (4-3), Semifinal de la Copa del Mundo México 1970; el México vs. Brasil (4-3), de la Copa Confederaciones de 1999, y el España vs. Dinamarca, de la Copa del Mundo 86.

No imagino qué debió sentir mi padre cuando precisamente el Vasco Aguirre fue protagonista de aquella otra finalísima tres días después, cuando hizo la asistencia de gol al capitán del América (Alfredo Tena) que abrió el marcador y luego él mismo sentenció con un preciso disparo de zurda el tercer tanto americanista.

En mi sueño no hay detalles a ese respecto. Siempre acaba de la misma forma; a mi lado, la figura de mi padre aguarda a que le deje paso. El partido ha terminado y me encuentro interrumpiendo su camino de salida del estadio, rumbo a su futuro que es mi pasado. Ajeno, como a tantas otras cosas, a que frente a él hay tres generaciones de su familia juntas en algún páramo de mi subconsciente.

Y entonces, invariablemente, abro los ojos. Consciente que, una vez más, he sido testigo del partido imposible con una parte de mi historia. Y aguardo a que ver otra vez a Javier Aguirre en televisión -ambos a más de 10.000 kilómetros de nuestro país- vuelva a inspirarme una prórroga en ese encuentro con mi pasado y mi futuro.

Para J., por compartir su partido imposible.


Para quienes sientan curiosidad por aquella final entre América y Guadalajara, aquí está completa.