18 − 6 =

dos × 3 =

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Hay quien dice que se puede ver un partido de fútbol cualquiera y ser imparcial. Hay gente que dice que incluso se disfruta más. Yo no puedo. Me es imposible. A los tres segundos ya voy con uno de los dos equipos. Soy tan tonto que tomo partido hasta en las comedias románticas. Y cuando veo una etapa de ciclismo, no sé por qué pero estoy más a gusto en el sofá sabiendo que entre esos 180 corredores que pedalean por una carretera perdida está el mío. Por eso cuando a medida que se acerca el Mundial me estoy poniendo más nervioso. Porque no sé lo que le interesa al Barça que pase a partir del 12 de junio.

Por edad, el de Brasil debe ser el Mundial de Leo Messi. Y más porque en algunos foros están pesados con que al diez le hace falta ganar un Mundial para ser el mejor futbolista de la historia. Como si no hubieran visto nada cada tres días en los últimos cinco años. A Messi le piden el Mundial cuando de los cuatro ases de la historia sólo Pelé y Maradona ganaron la Copa. Y de los cuatro que llamaron a las puertas del Olimpo: Zidane, Platini, Eusebio y Van Basten (es una clasificación personal) sólo el ex del Juventus y el Madrid lo tiene. Pero a Messi se le exige sí o sí un torneo que en las últimas dos décadas ganaron Marcio Santos, Guivarch, Kleberson, Materazzi o Arbeloa. Casi nada.

¿Entonces hay que ir con Argentina? Puede. Los detractores de esta teoría defienden que si Leo se proclama campeón del mundo, ya lo tendrá todo hecho, no le faltará ningún título, será un héroe en su país y ya no rendirá en el Camp Nou. Pero a Maradona, ganar el trofeo le dio una confianza tremenda. El Pelusa cogió tal impulso que llevó al Nápoles, un equipo sin nombre, no sólo a ganar su primer Scudetto sino a hacer un doblete con la Coppa ante los rimbombantes clubs del norte. Maradona marcó 10 goles en la Liga y 7 en la Copa. Ahora imaginen lo que puede hacer Leo en el Barça volviéndose a sentir el mejor. Aunque como Messi sólo ha ganado una medalla de oro en los Juegos Olímpicos con la albiceleste, no me extrañaría nada que volviese en blanco.

¿Luego hay que ir con Brasil? Neymar debe ser el crack del futuro del Barça. O eso es lo que nos vendieron. Este es el Mundial de Brasil, como el verano pasado fue su Copa Confederaciones, con el barcelonista en plan estelar. Un Mundial sería el espaldarazo definitivo a su carrera. Después de los goles de Bale en la final de Mestalla y de la Champions, un triunfo de la canarinha levantaría la moral de la decaída culerada. Además, Ney cuenta con la ventaja en esta comparación de que Gales no está clasificado. El problema es el precedente de Romário. El baixinho se lució en 1994 y regresó con el Mundial y con el FIFA World Player bajo el brazo. Pero ya nada fue igual. De los 30 goles de la temporada anterior, Romário sólo marcó 4. Quería irse. Su último partido fue el 7 de enero de 1995. Fue el día que el Madrid devolvió la manita al Barça. Ni hablar.

¿Nos queda España? La versión dominante dice que lo ideal sería que los de Del Bosque se estrellasen y que los siete internacionales barcelonistas estuvieran cuanto antes entrenando en la pretemporada a las órdenes de Luis Enrique. Si llegan lejos, estarán muy cansados y no llenarán sus depósitos. Es probable. Pero igual de cierto es que tras el éxito de Sudáfrica, llegó el doblete en Wembley. Difícil dilema. Porque, además, la Eurocopa de 2008 provocó el cambio de chip que necesitaban Xavi, Iniesta y Puyol para liderar al Barça de Guardiola. Y un segundo Mundial podría significar la catarsis y promover el traspaso de poder hacia el eje Busquets, Cesc y Piqué, motor de un nuevo Barça. ¿O es que pensamos que caer cada dos veranos siempre en cuartos de final no hacía mella en nuestros jugadores a la hora de jugarse los cuartos en Europa contra equipos alemanes, italianos o ingleses? El misterio sigue sin resolver y faltan pocos días. El Mundial, grgrgrgr.

Carles Ruipérez es periodista de La Vanguardia.