10 + nueve =

15 + quince =

Los periodos de decadencia suelen ser convulsos, inciertos y traumáticos si no se digieren bien. Sin embargo, el ocaso nos puede tener reservados momentos únicos. Fijémonos en la historia y veremos que los periodos de degeneración han sido un caldo de cultivo excepcional para genios inigualables, marcados por una época en que las convicciones que sustentaban su mundo se desmoronaban.

Por citar algunos ejemplos, los pensadores y artistas del periodo helenístico brillaron mientras la Grecia que habían conocido entraba en declive; una parodia de las novelas de caballerías ideada por Miguel de Cervantes dio lugar a la que para muchos es la primera novela moderna de la historia; irónicamente la literatura española le debe una de las generaciones más prolíficas y brillantes de su historia, la del 98, a su propia decadencia como Imperio colonial. Y así, seguro que un experto en la materia encontraría un sinfín de ejemplos mejores.

Hace unas semanas me encontré con la foto que ilustra estas líneas e inevitablemente me embargó la nostalgia. “Together over 250 goals for FCBarcelona” rezaba el tweet del bueno de Patrick Kluivert junto a otro grande como Rivaldo. Dos mitos, dos ídolos para aquellos a los que el Dream Team nos pilló demasiado pequeños y tuvimos que forjar nuestra identidad azulgrana en la más absoluta mediocridad. Nos hemos acostumbrado tan rápido al caviar que consideramos una desgracia perder una liga en la última jornada o caer en semifinales de Champions. Sin embargo, nos cuesta recordar que no hace mucho teníamos que agarrarnos a la clase que demostraba Patrick Stephan de espaldas a portería y a la zurda mágica de Vitor Borba Ferreira Gomes para cicatrizar la marcha del ilustre portugués al eterno rival y para soñar en tiempos mejores.

Se sucedían los Overmars, Simao, Geovani y compañía pero ellos siempre estaban ahí como baluartes tras los que esconderse en medio del asedio galáctico. De uno se decía que tenía más acierto conquistando mujeres que atinando de cara a puerta, del otro que era un jugador frío, sin carisma y que se llevaba mal con sus entrenadores (míticas son las discusiones con Van Gaal sobre si debía jugar o no en la banda). Pero el caso es que ambos aguantaron chaparrones en Can Barça durante un lustro exhibiendo un gran nivel, honrando con sus goles a una institución que se iba empequeñeciendo año a año.

Con ellos todo era un poco más fácil, menos duro. Era como ponerle alerones a tu Seat Panda. Por ejemplo, si se empataba agónicamente contra un incipiente Villarreal uno siempre se podía quedar con el Hattrick perfecto de Kluivert (gol de cabeza, diestra y zurda). Vale que todos sabíamos que no había nada que hacer en Champions, y sí, que un club como el Barça tuviera que sufrir hasta la última jornada para ser el cuarto clasificado era muy humillante. Pero entrar en la máxima competición europea con una chilena antológica ante el portero más irritante de la época era algo único, una explosión de felicidad que hizo que hasta el mismísimo Charly Rexach creyera oportuno levantarse y salir del banquillo. Eran esos momentos los que me convencían que no me equivocaba, que había escogido al mejor equipo del mundo pese a no ganar nada. Y es que, de vez en cuando, estos dos salían y me daban un respiro. Lo que llegué a fardar yo en el colegio por un empate (¡sí sí un triste empate!) en el Bernabéu. Pero ojo, no era un empate cualquiera. Era un empate con robo incluido en el último minuto: un disparo de Rivaldo que entró tras rebotar en Helguera y que el árbitro anuló. Un 2 a 2 en Madrid con gol escandalosamente mangado? Fantástico, mucho mejor que una victoria! Y es que no olvidemos que una pizca de victimismo también era indispensable para soportar todo aquel tinglado sin desistir de la causa.

Bien pensado, no todo fue tan malo. Se ganaron dos Ligas consecutivas, la primera aún sin Kluivert, de forma bastante holgada y se llegó a unas semifinales de Champions. Además, con la llegada del Centenario, como una pequeña concesión histórica, Rivaldo fue nombrado Balón de Oro y disfrutamos de un breve espejismo con el que por unos instantes nos volvimos a sentir el centro del mundo futbolístico.

rivaldo

Habrá quien piense, con razón, que echar de menos o recordar con cariño aquellos tiempos oscuros es de locos. Que teniendo al mejor de la historia flanqueado por escuderos del nivel de Neymar o Suárez resulta estúpido acordarse del holandés fallón o del brasileño de las piernas arqueadas. Lo sé, pero es inevitable. Los chispazos de magia de estos dos fueron los que me cautivaron, los que hicieron que me pasara tardes enteras dando toques porque pensaba que así llegaría a tener su clase algún día. Más tarde llegaron otros que me hicieron disfrutar mucho más, pero yo siempre quise ser como ellos, el primer amor.