doce + dos =

dieciocho + once =

Mayo de 1931, Berlín (Alemania) es seleccionada como sede para los XI Juegos Olímpicos de la era moderna. Enero de 1933, Adolf Hitler es nombrado Canciller Imperial (Reichskanzler). Marzo de 1933, Franklin Delano Roosevelt es elegido trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos. Estas tres fechas marcarán el futuro de, por aquel entonces, un joven estudiante afroamericano nacido en Oakville (Alabama) pero residente en Cleveland (Ohio) llamado Jesse Owens.

James Cleveland Owens, séptimo de once hermanos, nieto de un esclavo e hijo de un granjero, estudiaba en el instituto Fairview Junior High mientras trabajaba arreglando zapatos para ayudar económicamente a su familia. Owens, que le debe su apodo a la dificultad de un profesor de entender que J.C. –pronunciado lleisi en inglés– eran las siglas de James Cleveland y no el nombre de Jesse, vivía tan ajeno al atletismo como su rutina diaria le permitía. Charles Riley, uno de sus profesores, le introdujo en este deporte cambiando la hora de entrenamiento y adaptándola a su horario particular. Owens entrenaba entre clases lo que, combinado con la admiración que sentía por Harrison Dillard, un atleta de Cleveland, le cambió por completo su vida. O quizás no tanto.

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Durante los años treinta, los Estados Unidos vivían su particular apartheid producto de las secuelas de la Guerra Civil (1861-1865). Tras la abolición de la esclavitud, los estados del sur –los perdedores– redactaron una serie de leyes para garantizar los privilegios del hombre blanco por encima del resto de las razas que habitaban el país. La constitución garantizaba los derechos de los llamados colored, por eso se creó el termino segregación bajo el concepto “Separated but Equal” (Separados pero iguales). Las denominadas leyes de Jim Crow, leyes estatales y locales promulgadas entre 1876 y 1965, asignaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas (tiendas, escuelas, hoteles, restaurantes…) donde los espacios estaban divididos para evitar que el hombre blanco se “contaminara” por la influencia del hombre negro o cualquier otro grupo étnico. Bajo el amparo de estas leyes se negaba el derecho al voto de los colored imponiendo una serie de requisitos como saber leer y escribir, tener posesiones o pagar un impuesto electoral.

Varios presidentes de los Estados Unidos se han mostrado a lo largo de la historia contrarios a la integración de los negros, así como a la inmigración de otras razas.

“Estoy convencido de que la actual invasión de mano de obra china […] es perniciosa y debería ser atajada. Nuestra experiencia con las razas más débiles –negros e indios, por ejemplo– es una buena muestra de ello” Rutherford Hayes. 19º Presidente de EEUU, (1877-1881).

“[…] las tribus salvajes esparcidas, cuya existencia era solamente unos pocos escalones menos insignificantes, escuálida y feroz que la de otras bestias. [Dicha guerra sería] beneficiosa para la civilización y en interés de la humanidad”. Theodore Roosevelt. 26º Presidente de los EEUU. (1901-1909)

“América debe conservarse americana. Las leyes biológicas demuestran que los nórdicos se deterioran al mezclarse con otras razas”. 30º Calvin Coolidge. Presidente de EEUU (1923-1929)

Separados por seis presidencias Theodore Roosevelt, del partido republicano, era primo de Franklin Delano Roosevelt, del partido demócrata. Dos antagonistas ideológicos a los que unía su firme convicción racista.

Adolf Hitler, mientras tanto, se disponía a albergar los Juegos Olímpicos, con la firme decisión de demostrar al mundo la supremacía de la raza aria. Su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, fue el encargado de planificar una puesta en escena impecable donde los atletas alemanes coparan la mayoría de premios. Nadie contaba con los afroamericanos, y mucho menos con un tal Jesse Owens. Alemania, que venía de ser expulsada de los tres anteriores Juegos Olímpicos merced a las condiciones impuestas después de la I Guerra Mundial, tenía en el atleta Carl Ludwig “Luz” Long, ganador de los tres últimos campeonatos de Alemania de salto de longitud, el gran prototipo de atleta alto, rubio y blanco.

Por aquel entonces, Owens ya destacaba por sus logros en la Universidad de Ohio, donde batía cualquier récord mundial que se pusiera a su alcance: iguala el de las 100 yardas (91 metros en 9,4 segundos) y rompe los récord mundiales de salto de longitud (8,13 metros, un récord que duró 25 años), 220 yardas lisas (201 metros en 20,3 segundos) y 220 yardas vallas (22,6 segundos, convirtiéndose en la primera persona en bajar de los 23 segundos).

A pesar de sus éxitos deportivos, Owens recibía el mismo trato que cualquier negro fuera de una pista atlética: no tenía derecho a beca alguna, no podía compartir hotel con el resto de atletas e incluso no podía sentarse en la misma mesa durante las concentraciones. Aun así es seleccionado para representar a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de la Alemania nazi.

El día 1 de agosto de 1936, en un estadio olímpico construido para la ocasión, con un diseño original del arquitecto Werner March y terminado por el primer arquitecto del Reich, Albert Speer, se inauguraron oficialmente los juegos ante ciento diez mil espectadores. Aldolf Hitler hizo entrada tras sonar el himno de Alemania y el himno del partido nazi, interpretado por tres mil cantantes dirigidos por el compositor Richard Strauss, mientras las diferentes delegaciones desfilaban, algunas con el brazo en alto realizando el saludo nazi.

La primera medalla la ganó un atleta alemán y el propio Hitler se encargó de hacer la entrega. También hizo lo propio con la segunda medalla, también colgada de un cuello ario. La tercera medalla ya no correspondía a un atleta alemán y Hitler se negó a ponerle el preciado metal. El comité olímpico insistió que lo hiciera con todos los atletas y no sólo con los alemanes. Hitler optó por no volver a colgar una medalla.

El canciller no calibró bien su odio a todo lo que no fuera ario, puesto que la delegación alemana se colgó un total de ochenta y nueve medallas, treinta y tres de las cuales de oro. Estados Unidos, segunda en el medallero, quedó bastante atrás con cincuenta y cuatro metales, veinticuatro de oro.

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Aunque el gran vencedor de los Juegos fue el joven de veintidós años y tez negra bautizado como el antílope de ébano. Owens se colgaba su primer oro tras vencer en los 100 metros lisos batiendo el récord del mundo con un tiempo de 10.3 segundos. La medalla de plata se la llevaría el también atleta negro Ralph Harold Metcalfe. Si bien es cierto que Hitler ya no se dedicaba a poner las medallas de los atletas, Owens explica en su biografía que éste le saludó mientras se dirigía a la prueba, aunque se marchó del estadio antes de que se completara la distancia de la gloria del supuesto atleta de raza inferior. Owens afirma que “Hitler tenía una cierta hora para ir al estadio y otra para dejarlo. Sucedió que tuvo que marchar antes de la ceremonia de la victoria después de los cien metros lisos. Pero antes yo estaba de camino a una entrevista y pasé cerca de su estudio. Él agitó la mano hacia mí y le devolví el saludo. Pienso que los reporteros tuvieron mal gusto al criticar al hombre del momento en Alemania”.

La segunda gran prueba para Owens le enfrenta a Luz Long en el salto de longitud. Owens, actual récord del mundo, se vio superado por el joven campeón alemán durante las semifinales, dónde incluso Luz supera el récord olímpico. Jesse, muy presionado, comete dos nulos. Un nulo más y la competición terminaba para el estadounidense. Pero entonces ocurrió una de esas cosas que sólo pueden ocurrir en el deporte. Más allá de cualquier rivalidad, incluso, más allá de cualquier odio racial. El atleta alemán aconseja a Owens a batir el salto un palmo antes con la intención de que no arriesgara tanto. Luz era consciente que los jueces no iban a permitir que un negro derrotara al campeón de raza aria. Cualquier salto próximo a la marca sería declarado nulo. La imagen del momento en el cual ambos atletas confraternizan dio la vuelta al mundo. Owens hizo caso a su rival y ya para siempre amigo –incluso en posteriores entrevistas se referían el uno al otro como hermanos– y consiguió clasificarse para la final dónde con un salto de 8,06 metros se colgó el oro ante la indignación de los dirigentes nazis. Por contra el estadio en pleno coreaba la hazaña del atleta negro. Luz fue el primero en felicitarlo en medio de la pista. Así se consumó la gran derrota personal de Hitler y la gran victoria del deporte por encima de todo. Aquel podio histórico lo completó el saltador del Imperio de Japón Naoto Tajima que más tarde conseguiría la medalla de oro en triple salto.

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Owens aun tuvo tiempo de conseguir dos oros más. El primero en los 200 metros lisos y el segundo en el relevo 4×100. Owens pudo participar en esta prueba por la negativa del partido nazi de la participación de los atletas estadounidenses de origen judío Marty Glickmann y Sam Stoller.

El único instante de gloria para Owens, una vez finalizados los juegos, ya en Estados Unidos, fue el desfile de la victoria por la Quinta Avenida de Nueva York. Una vez concluida la fiesta, el atleta de los cuatro oros olímpicos, volvía a ser un ciudadano de tercera. Un colored. Un apartado. Owens que había compartido hotel, habitación, mesa, lavabo y ducha con el resto de atletas estadounidenses en territorio nazi, volvía a viajar en la parte trasera del autobús con la gente de su raza. “Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería”.

Franklin Delano Roosevelt, en plena campaña electoral, no quiso recibir al atleta más grande de los Estados Unidos, por miedo a perder votos. Así que invitó, a una recepción en la Casa Blanca, solo a los atletas blancos. “No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente”.

Luz, por su parte, fue castigado por el gobierno nazi que le envió a luchar en la II Guerra Mundial, contrariamente al resto de atletas alemanes que quedaban exentos. Antes de morir un trece de julio de 1943 en un hospital de campaña tras la ofensiva aliada en Sicilia, envió una última carta a Owens en la que decía:

“Mi corazón me dice que quizás esta sea la última carta que escriba en mi vida. Si así fuera, te ruego que hagas algo por mí. Cuando la guerra acabe, por favor, viaja a Alemania, encuentra a mi hijo y explícale realmente quién fue su padre. Háblale de los tiempos en los que la guerra no logró separarnos y dile que las cosas pueden ser diferentes entre los hombres de este mundo. Tu hermano, Luz”

Una vez terminada la guerra viajó a Alemania para conocer a la familia de Luz. Owens diría de su amigo “se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long en aquel momento”.

En 1964, Luz fue el primer atleta en recibir de manera póstuma la medalla Pierre de Coubertin –también conocida como medalla de De Coubertin o la medalla al verdadero espíritu deportivo–, concedida por el Comité Olímpico Internacional a aquellos deportistas que hayan mostrado espíritu olímpico y deportividad durante la celebración de unos Juegos Olímpicos.