catorce − siete =

cuatro × 5 =

Por primera vez, los Estados Unidos acogían la celebración de unos Juegos Olímpicos. Se trataba de los III Juegos de la Era Moderna, tras los celebrados en Atenas (1896) y en Paris, coincidiendo con la Exposición Universal de 1900. Como la siguiente Expo se celebraba en Saint Louis, el presidente Theodore Roosevelt acabó decidiendo que aquella sería la sede para desilusión de la otra candidata, Chicago. Así nacieron los Juegos Olímpicos de St Louis de 1904.

Los Juegos resultaron ser un completo esperpento. Se organizaron lo que denominaron los Juegos Antropológicos, donde la idea era mostrar al mundo las diferentes razas humanas. Era habitual que durante las celebraciones de las Exposiciones Universales de finales de siglo XIX y principio del siglo XX incluyeran un Zoo Humano donde se enseñaban al público diferentes tribus del mundo como las africanas zulú, pigmeos o tuaregs, las norteamericanas sioux, las sudamericanas manpuches o selknam, centroamericanas cocopas, las orientales aiuns de Japón o las de oriente próximo, como los sirios. Los “atletas” fueron inscritos en diversas modalidades según las cualidades que se les creía que dominaban. Por ejemplo, a los hábiles cazadores pigmeos se les inscribió en las pruebas de tiro en arco, donde fracasaron estrepitosamente. Los kaffir –término por el cual se denominaban a los negros africanos– Lentauw y Yamasani, fueron inscritos en la prueba de maratón.

Los dos aborígenes formaban parte de la representación de la Guerra de los Boers –conflicto armado que tuvo lugar en Sudáfrica en el cual se enfrentaron el imperio británico y los colonos de origen neerlandés, llamados afrikáneres, boers o voortrekker– en la Exposición Universal y sin ninguna noción deportiva disputaron la que puede considerarse como La loca carrera del siglo. Lentauw, por ejemplo, tuvo que desviarse para evitar ser atacado por dos perros hambrientos. Lograron terminar en novena y décimo segunda posición.

Otro de los participantes fue el cubano Félix Carvajal, que vivió una auténtica odisea para llegar a disputar la carrera. Carvajal era un cartero en su Cuba natal y repartía las cartas a la carrera, lo que le llevó a soñar con poder disputar una prueba de maratón en los Estados Unidos. Consiguió ahorrar dinero suficiente para comprar un billete de barco destino a los Juegos, pero en Nueva Orleans le robaron y tuvo que continuar su viaje hasta Saint Louis a pie. 700 millas, más de 1.100 kilómetros. Una vez inscrito en los juegos disputó la prueba con lo puesto: unos pantalones vaqueros recortados y un par de zapatos. Consiguió acabar cuarto pese a sufrir una indigestión con las manzanas que robaba por el camino.

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Finalmente, 32 valientes incluyendo a los kaffir y al cubano, desafiaron los más de treinta grados de temperatura y al noventa por ciento de humedad que se respiraba en la ciudad durante aquel 30 de agosto. Además, para complicar más si cabe la carrera, el recorrido debía transcurrir por una zona de montaña con sus pertinentes subidas.

Como a principios del siglo pasado era prácticamente imposible controlar que los corredores no hiciesen algún tipo de trampa durante los 40 kilómetros de recorrido que tenía por aquel entonces la prueba de maratón, estos tenían siempre la tentación a la vuelta de la esquina.

El corredor que llegó en primera posición fue el norteamericano Frederick Lorz tras tres horas y trece minutos. Después de ser agasajado por Alice Roosevelt, hija del presidente, y de realizarse las fotografías de rigor, fue acusado de haber hecho parte del recorrido en coche. Lorz confesó que su intención nunca fue la de hacer trampas. Explicó que voluntariamente se había retirado por cansancio y deshidratación cerca del kilómetro quince y que había sido recogido por el coche de su entrenador. Durante el trayecto se recuperó y decidió bajar del vehículo, corriendo los últimos ocho kilómetros y llegando al estadio por su propio pie. Lorz fue expulsado de toda competición a partir de entonces, pero esa pena fue levantada pocos meses después al constatarse que no había tenido la intención de engañar. En 1905, ganó el maratón de Boston con un tiempo de 2h38’25”.

Se proclamó vencedor al también estadounidense Thomas Hicks, payaso de profesión, que llegó en segunda posición  y se desmayó tras cruzar la linea de meta. Hicks estuvo cerca de perder la vida gracias a que sus amigos se dedicaron a suministrarle estricnina –un mata ratas común– y brandy –bebida que se utilizaba como estimulante en atletas y ciclistas a principios del siglo XX– durante la carrera. También para mitigar el calor y la deshidratación le daban de beber agua del radiador del coche en el cual le acompañaban. Pero tras ser atendido por los médicos, pudo vivir para recibir la medalla de oro como vencedor. Su tiempo, 3 horas, 28 minutos y 53 segundos, es la peor marca de la historia para un campeón olímpico de maratón.

Finalmente, como colofón a los que seguramente sean los peores Juegos Olímpicos de la historia, el francés Albert Coray (que vivía y estudiaba en Chicago) disputó la maratón y la prueba de las 4 millas por equipos. En maratón acabó a seis minutos de Hicks, colgándose por ello, la medalla de plata. Coray se inscribió sin documentación y, a pesar de que todo el mundo sabía que era francés, el Comité Olímpico Internacional concedió su medalla al equipo de Estados Unidos. Por la misma razón, la medalla de plata que ganó Francia en la competición de las 4 millas por equipos, fue concedida a partes iguales entre Francia y Estados Unidos, al formar Coray parte de los relevistas. Así que los Estados Unidos hicieron triplete en maratón y se llevaron el oro y la mitad de la plata en la prueba de 4 millas por equipo.