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Siempre me fascinó aquella taza. Cada vez que visitaba a mis abuelos en su pequeño piso de aquel barrio de Montornès del Vallès, creado tan aprisa en los años de la construcción desordenada y anárquica que acogió a tantos inmigrantes del sur de España, me daban la bienvenida con aquellos roscos grandes y duros que, al sumergirlos en la taza de leche, se deshacían con la misma facilidad que un azucarillo en un café.

En una estantería del mueble apilable del comedor estaba la taza. Ahora la llaman mug, pero para mí, un renacuajo de apenas seis o siete años, aquella taza era un misterio encajado a la fuerza entre fotos familiares y recuerdos del pueblo. Algo tan insignificante me cautivaba. Era blanca, de un blanco nuclear sólo roto por un dibujo pentagonal en cuyo interior un oso en pie intentaba trepar a un árbol para, desde allí, saltar al mar de rayas rojas y blancas que se extendía al otro lado de la figura.

Para un niño de esa edad, que comenzaba entonces a seguir al Barça, no existía el resto de equipos. No sabía qué era el Madrid y del Espanyol apenas oí hablar nunca. Sólo conocía los colores azul y grana y, gracias a mi padre, las caprichosas rayas rojiblancas del Granada, que variaban de verticales a horizontales con la misma facilidad con la que un crío se aburre de un juego.

En una de aquellas visitas de fin de semana encontré a mi abuelo sentado frente a su viejo televisor Inter. Estaba viendo un partido entre un equipo vestido de blanco y otro ataviado con franjas grises y blancas, pues la tele en blanco y negro –como el régimen de la época– se empeñaba en devaluar a gris cualquier color que no fuera el blanco. En aquella pequeña salita donde sus nietos solíamos apilarnos para ver ‘Los payasos de la tele‘, el resplandor de la pantalla iluminaba la cara de mi abuelo Agustín.

De pronto, un jugador melenudo al que apodaban ratón –con los años supe que se llamaba Ayala– batió al portero del equipo blanco. Mi abuelo apenas reaccionó. No gritó el gol como hacemos hoy con vehemencia; levantó su mano derecha y se llevó a los labios aquella taza blanca y dio un pequeño sorbo de su contenido. No se inquietó cuando el portero de su equipo hubo de emplearse a fondo para evitar que aquello tipos de brillante blanco remontaran el partido. Siguió mirando la pantalla hasta que un señor vestido de negro y con más barriga de lo recomendable hizo sonar el silbato y dio por terminado el partido.

Sólo entonces, mi abuelo, apoyándose en una de sus muletas, se levantó de la silla. Recogió su taza de la mesilla y, antes de llevarla a la cocina, la alzó mientras me señalaba el televisor. Allí aparecía una figura redonda con un cero debajo y otra, acompañada por el oso, el árbol y las rayas, montada sobre un uno. “Han ganado los míos”, me dijo. Los suyos.

Agustín era del Atlético de Madrid y jamás supe por qué. Nunca le pregunté y se fue sin que se me ocurriera hacerlo. Pero, como los roscos de tarde de domingo, las muletas, aquel pequeño piso o su risa fácil y contagiosa, el recuerdo de la taza blanca decorada con el escudo colchonero me acompañará siempre.

Mi abuelo era muchas cosas. Mi abuelo era del Atlético.