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Son los putos amos. Los dueños del chiringuito. Los jefes de este negocio. Los que se han quedado con casi todo el pastel de fútbol, suculentamente engordado con los contratos millonarios de televisión, la globalización de los patrocinios y el desembarco de los nuevos ricos.

El paradigma ha cambiado. Ahora los futbolistas son los que manejan este tinglado. Se ríen de los directivos, no soportan a los periodistas y hasta ningunean a los aficionados. Ellos deciden cómo, dónde y cuándo.

No hace tanto tiempo, a los Núñez, Mendoza, Gil o Lendoiro de turno no les vacilaban estos niñatos. Se los pelaban en cero coma después de una digestión pesada, una mala tarde en su despacho o un arrebato de ego presidencial. Ahora, en cambio, dirigentes como Bartomeu no son nadie. Piqué y Umtiti están la mar de tranquilos, porque saben que su papelón en el no fichaje de Griezmman no va a tener consecuencias. Como mucho, cuando vuelvan del Mundial, el bueno de Barto les hará una cariñosa carantoña mientras bromea sobre lo gamberretes que han sido de nuevo.

A Piqué, que le puso en bandeja el contrato de Rakuten, o que le ha echado un cable en más de una ocasión actuando de presidente en funciones. O a Umtiti, a quien ya le rió la gracia cuando le puso los cuernos a un vicepresidente del Barça en la foto de un acto promocional…

Los putos amos del chiringuito

Con los jugadores ya nadie se atreve. Todos los que trabajan en un club de fútbol lo saben. Ellos son los que tienen la sartén por el mango, los que se funden más del 80 por ciento del presupuesto, los que se niegan a ser traspasados cuando la cosa se tuerce, pero exigen más ‘cariño’ para renovar en cuanto viene otro club y les pone más pasta sobre la mesa.

Por eso, entrenadores inteligentes como Guardiola o Zidane salieron huyendo como alma que lleva el diablo después de ganarlo todo, porque no les aguantaban ni un minuto más. Por eso prefirió volver a la bici y al surf Luis Enrique, que llegó diciendo, ingenuo él, que era el auténtico líder del equipo, luego encabronó a Messi durante un partidillo de entrenamiento y los pesos pesados del vestuario tuvieron que llamarle la atención y explicarle quién mandaba de verdad.

Son los futbolistas los que deciden si hablan en la zona mixta, sin comparecen en sala de prensa o solo lo hacen previo pago de un patrocinador y condicionando la presencia de los medios a que no hagan preguntas incómodas. Y todos tragan. Todos tragamos sin rechistar.

Una influencia que crece

Ahora son ‘influencers’, ‘instagramers’ o ‘tweet stars’ y a los periodistas ya no nos necesitan. Es más, nos detestan. Y también prescindirían de los directivos si no fuera porque son los que deciden que el ejecutivo de turno les extienda los cheques al final de mes. Y de los aficionados, si no fuera porque su ego no soportaría que nadie viera lo bien que juegan y lo guapos y ricos que son, como diría Cristiano.

La influencia que ejercen ahora es tal, que los clubes han puesto de moda la oficina de atención al jugador, un eufemismo para referirse al enlace entre la plantilla y la directiva, generalmente un tipo enrollado, que se encarga de compadrear con la estrellas, salir de fiesta con ellas, procurarles todo lo que necesiten para que estén contentas y sacarles de alguna situación embarazosa.

Porque actualmente son los jugadores los que manejan este deporte. Los que deciden si juegan un partido con el equipo que les paga o es más importante irse a celebrar el cumpleaños de su hermana. Los que deciden cuándo cambiarán de aires, con el silencio cómplice de sus compañeros, o son capaces de negociar a espaldas a su equipo un contrato millonario con otro club y luego escenificar su decisión final en un esperpéntico documental.

Porque ahora ellos son los putos amos de este negocio.