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Representa el pasado, retrata el presente y plantea el futuro. Leo Messi es el eje sobre el que gira el Barça. El equipo que fue y el que será, lo que más importa al aficionado. Ni Puyol, ni Martino ni Bartomeu, líderes con fecha de caducidad por voluntad, por contrato y por mandato, respectivamente. Messi lo ha ganado todo, es la mayor esperanza para ganar algo y se ganará gracias a él.

Los momentos de crisis invitan a la reflexión, y el Barça, tan dado a las crisis, según calibró muy pronto Martino (y sus jefes le han dado la razón fomentando varios episodios), anda dándole vueltas a la necesidad de remodelar la plantilla. La cuestión es decidir cuándo hacerla y quiénes han de ser los afectados. La contrastada paranoia culé por promover debates constantes llega al punto de que empiece a discutirse si la articulación del equipo del mañana debe erigirse en torno a Messi o no.

Messi ha sido y es el más grande que habrán visto nuestros ojos. Para varias generaciones, también lo será, porque no se otea en el horizonte a ningún recién nacido capaz de aglutinar semejantes proporciones de talento y rendimiento como los que ha desparramado Leo tantos años.

Batido el récord de Paulino Alcántara como máximo goleador de todos los tiempos en el Barça, solo le quedarán en la vida dos grandes registros individuales por conseguir: el récord histórico de goles en la Liga (está a 22 de Zarra) y el de la Champions (a cuatro de Raúl). Los grandes títulos ya los tiene todos. Y repetidos. Pero en algunos foros le exigen el Mundial, además. Como si fuera una condición inexcusable para pertenecer al Olimpo de los cuatro grandes. Como si Di Stéfano lo hubiera ganado. O lo tuviera Cruyff. Como si el hecho de haber conquistado una competición que se celebra cada cuatro años fuera la carta de admisión imprescindible. El español Fernando Llorente, el italiano Barone, el brasileño Vampeta y el francés Guivarch han sido campeones mundiales y a nadie se le ocurre siquiera citarlos al enumerar los primeros 500 jugadores dignos de ser recordados.

Nadie sugiere aún que Messi camine hacia el declive aunque la pinta general del Barça remite a la de aquel Barça que retrasó su reconversión en el 2007. El configurado alrededor de Ronaldinho.

Messi no emite las señales de desidia de Ronaldinho (se entrena cada día, aunque ahora se prohíban las visitas) ni ha descendido su aportación al equipo (al contrario, el balón pasa demasiado por sus pies) ni acumula parecida fama de tarambana (es padre y los tarambanas actuales también lo son, ejerciendo mayores o menores obligaciones ligadas a la paternidad). Ni tiene la edad, tampoco, para que se anuncie su caminar hacia el ocaso. Cumplirá 27 años en junio. Aunque, cabe recordar, que Ronaldinho (1980) empezó a abandonarse justo por entonces, hacia el 2007…

El achaque de Messi no apunta tanto al declive físico como a los indicios de desapego que se detectan –más allá de que se refugie en su merecido estatus de estrella y no presione– después de haber saciado las inimaginables ambiciones futbolísticas que hubiera albergado desde crío y no le quede nada por qué luchar. “Leo es único. Espero que nunca se aburra, que sepamos rodearlo de jugadores para seguir compitiendo a este nivel”, sugirió Guardiola, tras la Copa de Europa de Wembley del 2011. El dichoso contrato del argentino y las vueltas que da la directiva en torno a él, o las que no dio para evitar la denuncia de Hacienda, dejando a Leo y su familia como unos presuntos evasores de impuestos, ennegrecen el nubarrón que amenaza con descargar sobre el Camp Nou antes de que esté todo cubierto. Que tardará.

Siendo millones los entrenadores a tiempo parcial que somos los aficionados al fútbol, tal vez el referéndum, el tercero que podría anunciarse para el 2014, debería preguntar si hay futuro en el Barça sin Messi. O el futuro del Barça es Messi. Empecemos a discutir ya sobre cómo sería la pregunta…

Joan Domènech es periodista de El Periódico de Catalunya.

Foto: fcbarcelona.com