catorce − nueve =

1 × dos =

Ri Tcheul era algo más que su mentor y el de su hermano. No fue únicamente la persona que convenció a su padre de que era buena idea formarse en aquella elitista escuela bernesa, ni aquel que después decidió que era mejor seguir en Liebefeld para ampliar estudios.
Ri Tcheul era, sobre todo, el encargado de la caja de caudales. Quien custodiaba la llave de (decían) unas cuentas suizas que podían ascender a más de 4.000 millones de dólares, la fortuna impersonal de Kim Jong Il, el ‘amado líder’ que rigió los destinos de la ignota Corea del Norte hasta 2011.
Con veintipocos años, Kim Jon Un, el ‘comandante supremo’, hijo del amado líder y nieto de Kim Il Sung, ‘el eterno presidente’, era el señalado para convertirse en el sumo hacedor de los destinos de los norcoreanos.
Aquella noche, cuando Ri Tcheul le expuso los planes que tenían para él, Un no entendía nada. En realidad, Kim Jon Un lo desconocía casi todo, salvo los entresijos de la NBA, las estadísticas de Michael Jordan y el detalle de los títulos de sus amados Bulls.
No se atrevió a preguntar por qué él y no su hermanastro mayor, Kim Jong Nam, sería en un futuro el ‘amo de todo aquello’. No hizo falta, Tcheul, en confidencia, le comentó que su hermano no estaba bien visto por el Politburó a causa de sus ‘veleidades occidentales’.
Nam se instaló tiempo después en Macao y fue detenido en el aeropuerto de Narita cuando intentaba entrar en el país con un falso pasaporte dominicano para viajar hasta Disneyland Tokio.
También alejó la idea de la cabeza cuando se planteó si Kim Jong Chul, su hermano de sangre, no tenía, por edad, más derecho que él.
Tcheul le dejó ver un informe confidencial en el que estaban subrayadas las palabras feminidad y vida disipada. No hacía falta leer nada más, porque tampoco estaba en disposición de preguntar nada.
Educado en la idea Juché (el hombre es dueño de todo y lo decide todo), Un se tuvo que poner al día cuando recibió la noticia sobre el delicado estado de salud de su padre.
Pasó agotadoras jornadas en la Universidad Militar, adondellegaba en un flamante Mercedes con cristales ahumados, visillos corridos y una cohorte de guardaspaldas.
En una de las clases de formación cinematográfica, Kim Jong Un vio la luz. Conoció la historia del equipo ‘Chollima‘, del primer equipo norcoreano que jugó un Mundial, el de Inglaterra 1966 y de su éxito (llegó hasta cuartos de final, donde cayó ante Portugal (5-3), a pesar de haberse adelantado 3-0 en el marcador).
Descubrió las hazañas del goleador Pak Doo-Ik, al felino Lee Chan-Myung, la determinación del entrenador Myung Rae-Hyun y el orgullo de aquellos viejos héroes, quienes contra toda lógica comunista loaban el trato recibido en la enemiga Inglaterra en aquel lejano 1966.
Un pensó en la NBA y en el fútbol, pero, sobre todo, lo hizo en clave occidental, en la manera de pasar a la posteridad, en un cambio lampedusiano, sutil, en un gesto, en cambiar algo para que nada cambie.
Consciente de que el aparato del partido no le iba a dar concesiones, Un espero su momento. Recuperó un documento de 2000: ‘Sunshine Policy’, en el que se sentaban las bases de una futura reunificación; e informes sobre su coste. Después pidió a la Filmoteca Nacional que se hiciera con todos los partidos posibles del Mundial de 2002.
Descubrió que su idea no era nueva. Las dos Coreas habían formado equipos unificados desde 1991 e incluso hasta existía una bandera del equipo unificado coreano.
Equipos coreanos en Mundiales de Tenis de Mesa, en un festival internacional de fútbol, habían marchado juntos en las ceremonias de inauguración de los Juegos de Sydney y en los de Atenas, en los Juegos Asiáticos de 2006, pero nunca habían competido con equipos unificados.
El fútbol tenía que llegar donde la diplomacia y la política no habían llegado. La muerte de Kim Jong Il le dio las riendas de Corea del Norte a Kim Jong Un, aunque el Politburó no parecía dispuesto a aperturismos.
La llave tenía que ser el fútbol, el fútbol es lo que tenía que calar entre la población y tender puentes. Además, el fútbol era lo más barato a lo que Un podía acogerse.
Los norcoreanos son 46 veces más pobres que sus vecinos del Sur y en Seúl ya no estaban tanto por la labor de la reunificación como en el pasado, simplemente porque se habían perdido los vínculos familiares existentes al norte del paralelo 38 tras la guerra de Corea.
Todo ello y la enorme factura que iba a suponer la inecuación entre un país superpobre y otro poderoso. Si a la Alemania Federal le iba a costar la reunificación casi 190.000 millones (a pagar hasta 2019), ¿cuánto le supondría al gobierno de Seúl la broma?
En pocos meses, el régimen, que ya era el de Un, fue dando pasitos, hasta que llegó el momento decisivo. Una delegación norcoreana mantuvo los primeros contactos con Estados Unidos, Japón, Rusia y China para reanudar las conversaciones sobre desnuclearización y al término de una de aquellas reuniones, Un hizo la propuesta a Kim Hwang-sik, el primer ministro surcoreano.
El equipo de Corea fue la gran sensación en el Mundial de Brasil. La selección de Chosón (como así se conocía antiguamente a la Corea unificada) estaba formada mayoritariamente por norcoreanos (Corea del Sur quedó eliminada en las fases de clasificación), entrenados por un técnico del norte y contaba con la aportación de las estrellas y los medios del Sur. El espíritu del 66 (Corea del Norte fue cuartofinalista) y el del 2002 (Corea del Sur, tercera) fusionados para crear una nueva potencia sin paralelos de por medio.